BLOG FUERA DE SERVICIO



DISCULPE LAS MOLESTIAS QUE LA REMODELACIÓN DE ESTE ESPACIO Y DE SU AUTORA LE OCASIONAN. YA VOLVEREMOS A DAR LATA.

¿Te acuerdas?

Íbamos a clase de literatura hispanohebrea, es decir, leíamos a poetas cabalistas y los discutíamos en casa de Angelina Muñiz, la profesora, en su departamento de la calle de Cádiz, en la Colonia del Valle. No nos gustaba del todo la clase -ahora me parece que no la entendíamos- y a veces hasta sospechábamos de los gestos de aquella señora que, atacada por un mal que desconocíamos y que le impedía asistir normalmente a la facultad, nos recibía en su comedor con un platito de caramelos y un vaso con agua.
No nos gustaba su clase, pero nos gustaba la pereza de su gato, la manera en la que nos miraba desde la tapa del tocadiscos, donde iba siempre a echarse. Nos gustaba pasar los ojos por los lomos coloridos de los libros que tapizaban la pared del comedor y comentar después la enorme variedad de títulos, la belleza de las ediciones. También nos gustaban su terraza, la luz que entraba por ella y las plantas tan esmeradamente cuidadas que la poblaban.
Y nos gustaba cuando llegaba su marido, el médico -¿cómo sabíamos que era médico? ¿recuerdas si traía un maletín anacrónico o me lo inventé?- porque, al pasar, siempre le sonreía y la tomaba unos segundos de la mano, sembrándonos la esperanza de que el amor cotidiano podía ser eterno. Estábamos seguras de que él había tomado las fotos que colgaban de las paredes del pasillo y de que esa joven que posaba en ellas, en tan diversos sitios -y nuestra favorita era, por supuesto, aquella junto al mar- era ella y coincidíamos en que esa alegría todavía vivía en una cierta risilla de sus ojos. Pero nos gustaba que el médico llegara, sobre todo, porque anunciaba el final de la clase y tú y yo salíamos a la luz de la tarde -y esas tardes eran siempre luminosas-, dueñas de aquél rincón del mundo y caminábamos algunas cuadras hasta el café Jequemir para sentarnos en la terraza, agradecidas de que, en estos tiempos aciagos y sobre todo en aquella zona, existiera todavía algún lugar en donde se pudiera tomar un buen café por ese precio.
¿Te acuerdas cómo nos reíamos de que, en algún punto, siempre había terceros tratando de escuchar la conversación? Y es que, ahora que lo pienso, en aquella mesita se iba tocando de oído una música deslumbrante. Éramos trapecistas de la improvisación. Nuestros ánimos dialogaban, alternaban y se sostenían en una armonía esencial y única que concentraba un mismo anhelo de vida y belleza.
Alguna declaraba estar profundamente triste y la otra iba pintándole, in crescendo, sobre las cenizas, una hermosura que nada tenía de falso y, de los ojitos vidriosos sobre el café, se pasaba a estar enamoradas de absolutamente todo: del profesor Garrido y sus hombros tan bien delineados con los suéteres de tortuga que se ponía, de los árboles justo en frente de la biblioteca y tanto de Julio Cortázar... Se hacían extensas loas de sus ojos de verde loco y después nos poníamos a discutir si era más valiente quedarse amando a alguien toda la vida a pesar de toda la belleza circundante o renunciar a toda seguridad y vivir solas, aceptando los besos que, como pinceladas en un cuadro impresionista, fueran pintando la luz y el paisaje de nuestras vidas.
Creíamos en el alegre perderlo todo y en nuestra belleza. Qué bonitas éramos ahí sentadas, haciéndonos la una a la otra... ¿Te acuerdas?

Calavera



Últimamente, a la Muerte
nos la opacan los impuestos,
crisis internacionales,
los precios y el desempleo.

Un poco de moda estuvo
la Catrina con la influenza,
mas luego no se repuso
contra el dólar a la venta.

Últimos días de octubre
y saca sombrero y guantes,
se retoca el rostro lúgubre
y calza zapatos de ante.

Sobre la calva blancuzca
pone un florido sombrero
que le dibujó Posadas
pa regalarle salero.

Y, sin embargo, tan guapa,
se siente un poco insegura:
no vaya a ser que este mundo
se olvide de la sepultura.

¡Ve a todos tan preocupados!
Poderoso caballero
roba cámara y halagos
cual histrión farandulero.

Se pone triste la Parca
de ser desapercibida,
pues no le verán la cara
antes que la mano fría.

Si un poquito la pensaran,
andarían más contentos,
pues no pasarán de largo
por seguir a Don Dinero.

Anti-estrés



Recientes estadísticas pregonan:
"Mirar el firmamento quita estrés
y poner al aire un disco de las olas."

¿Se acuerda usted, amable peatón, del mar?
Estrés quitan las sirenas de largas cabelleras
que imbuyen musicalmente el amor y la muerte;
estrés quita la bramante inmensidad
que se traga a Palinuro y las estrellas.

Y no se olvide del cielo,
pero en dosis controladas y a ojos bien abiertos
(véase "Ícaro" en caso de intoxicación).


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Relicarios


La crueldad y su ojo de reptil siempre abierto. ¿Qué falta hace ahondar ahora en la miseria si, de cualquier modo, un día sentirás las puntas de sus helados dedos hincársete en el pecho? Nada duerme en el mundo y te extrañará que te diga que el amor es una flor más rara que el resentimiento. Pero la belleza -siempre la belleza- usa ciertos ojos como relicarios y en ellos se salva.

Larthia


Lumbre de Etruria áurea.
¿Por qué desmentirla,
si scintila, danzante e intrincada,
en espejos de bronce milenario
a pesar del gélido alógeno
y el aluminio en su implacable grosería?

Yo, por ejemplo,
vengo de Tarquinia y me llamo Larthia.
Tengo el alma de púrpura y filigrana
y navega al viento descifrando
los vuelos de las aves.

Para escándalo de Aristóteles
y de Teopompo de Quíos,
estoy enamorada
y leo en sus ojos los augurios
que le ha robado al fuego.

De lirios va a estar cubierta mi tumba
como esta noche soy toda de sus besos;
pétalos eternos e inagotables labios,
Etruria áurea, broncíneos espejos.


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Lluvia



La noche es negro cántaro de barro llenándose del tropel de gotas que se precipitan cantando, gemelas translúcidas de algún astro. Es largo y profundo el parentesco de las cosas. Lo ignoras y llueves a cántaros. Dormirás acaso esta madrugada de estelares efluvios, pero yo te siento golpear las ventanas, chorrear de los cantos, escurrirte entre verdes perfumados y perderte vasto en la exhalación de una terrestre ánfora. Despertarás acaso en tus ojos sin saber que dormiste con la luz de la luna donde se quedó quieta el agua: en el fondo de mis ojos y entre los guijarros.